Pages

Saturday, 6 June 2015

La vida de Richie Chanel - Capítulo 2

     —¡Dale, Flaco! ¡Despertate! —gritó la profunda y fuerte voz de Viviana.

     El sol me golpeó de lleno los párpados cuando ella descorrió las cortinas. Los sentía pesados y extrañamente adoloridos. Quizás era porque la noche anterior había llorado hasta dormirme. No. No lloré por lo ocurrido con mi familia. Es que enganché esa película Secreto en la montaña a la medianoche. La vi como cincuenta veces y lo sigo haciendo, no sé para qué. Siempre termino hecho un paño de lágrimas.

     —¿Qué hora es? —le pregunté sin fuerza y con el aliento pútrido; cabe aclarar que no tengo halitosis, solo me pasa cuando como carne antes de irme a dormir.

     Y al mal aliento lo acompañan las pesadillas. ¡Es tan lindo ser yo a veces!

     —Es hora de que te levantes y te vayas al colegio —gruñó Viviana.

     Entonces tiró de las sábanas y las dejó caer al suelo con furia. El chiflete me despabiló en un segundo y me senté. Ella se cagaba de risa, como siempre. Tenía una expresión tan aniñada cuando se reía. Hay algo que tienen que saber, queridos lectores, de mi estimadísima amiga Viviana. Ella era mi compañera del curso de alemán al que asistía por aquel entonces, cuando cursaba el último año del secundario en el Instituto Misericordia de Javier Lautaro Sánchez, un barrio de Buenos Aires, Argentina.

     Su nombre es Viviana Mango y está casada con Oscar Sartén, mejor conocido como el Gordo. Según las leyes argentinas de la época en la que se casaron, la mujer uniría a su nombre el apellido del marido a través de la preposición «de». Por lo tanto, mi querida amiga tiene el interesante destino de llamarse Viviana Mango de Sartén. No… No es una broma. Me gustaría que lo fuera, tanto como a ella, pero es la cruda realidad.

     Por esa época, Viviana Mango de Sartén era una mujer de cincuenta y tres años, muy alta y muy robusta, con el pelo muy corto, teñido de rojo eléctrico, que siempre llevaba peinado con gel, una hilera de dientes parejos y grandes, y sobreviviente de cáncer de útero. Aún hoy tiene la actitud más atrevida e irreverente ante la vida y sus vericuetos, es decidida y mandada al frente, sencilla y extremadamente afectuosa y sensible, pero lo oculta todo detrás de una coraza de humor corrosivo y fortaleza capaz de reducir a polvo las más altas montañas. Viviana, o Vivi como le decimos todos sus amigos, es madre de un hijo único, Facundo, o el Pibe, que por aquel entonces tenía los mismos dieciocho años que yo.

     Ellos viven en una casa simple y modesta, pero que tiene la indiscutible sensación de hogar que a muchas casas les falta. Son dos casas conectadas: en la del frente, de dos pisos, viven ellos tres, y en la del fondo, vive la suegra de Vivi, Reineldis Sartén. Sí… No me pregunten de dónde saca los nombres la familia Sartén, pero no son muy afortunados.

     A pesar de los nombres, son de las personas más amables y comprensivas que jamás haya conocido. Abrazan la vida con compañerismo, se apoyan el uno al otro y avanzan codo a codo para mantenerse a flote en una inestable sociedad como la de Argentina. Oscar es mecánico y de los buenos. Tanto él como Facundo, su hijo, son fanáticos de los autos, no así del fútbol, lo cual es algo muy raro entre los machos argentinos. Y si hay dos hombres que encajan en la categoría de macho, ellos son el Gordo y el Pibe.

     Aunque son la versión tolerable del macho… Ya les contaré de ellos más adelante.

     Te estarás preguntando cómo terminé siendo huésped en lo de Vivi. Bueno, luego de irme de la casa de mis padres sin rumbo fijo, recordé que ella había sido la segunda persona a quien le había contado acerca de mi verdadera identidad sexual. Ella me había ofrecido su comprensión y su apoyo y también me había dicho que, si en algún momento algo pasaba, las puertas de su casa iban a estar abiertas de par en par para recibirme.

     Recuerdo que le pregunté si a su familia le molestaría. Ella me respondió:

     —Si les molesta, ¡que me la chupen, Flaco! Vos sos mi amigo y nunca te voy a dejar en banda.

     Ella me decía Flaco. Era mi apodo oficial en la familia Sartén. Nunca entendieron lo de Richie Chanel y a mí no me molestaba en lo más mínimo. Después de todo, cuando tenía dieciocho años, no importaba cuánto ni qué comiera, jamás podía superar los cincuenta y dos kilos de peso. Si tomamos en consideración que ya en ese año medía 1,72 m… Sí, muy flaco… No se preocupen que hoy la cosa es diferente. Estoy un poquito entrado en carnes.

     Lo primero que hice esa noche al salir de casa fue caminar a la parada del colectivo y llamar a Viviana. Ella me dijo «¿No ves que sos un pelotudo de mierda? ¿Cómo que estás esperando al colectivo? ¿Cuántas veces te dije que no importa dónde estés, el Gordo te pasa a buscar con el auto?» A lo que yo le respondí que no esperaba que su marido me haga las veces de chofer cada vez que quería moverme en la ciudad.

     Lo que ella me respondió es irrepetible, así que solo digamos que me dejó muy en claro el nivel de confianza que había entre los Sartén y yo. Ellos me consideraban parte de su familia, aun cuando solo la conocía a Vivi. Todo lo que, antes de esa noche, sabía del resto, era a través de sus comentarios y relatos. Ella era muy gráfica y explícita cuando contaba algo, así que yo tenía la sensación de ya conocerlos.

     Fue así como Oscar me pasó a buscar por la parada y me llevó a su casa.

     —No tengo ganas de ir a la escuela —me quejé mientras me desperezaba.

   —Y yo no tengo ganas de tener menopausia, pero la vida es así, Flaco —respondió Vivi mientras pasaba el plumero por toda la habitación—. Me dan golpes de calor todo el tiempo, tengo un humor de perros constante y la concha más seca que un desierto.

     Contuve la risa y me llevé las manos a la frente. Tenía la mirada clavada en el piso.
     
    —Gracias por la imagen mental, Vivi.

   Ella se descostilló de la risa y me contagió el buen humor. La de Vivi era de esa clase de risas que sin importar tu estado de ánimo, te fuerzan a reírte a la par. Lo único que no me gustaba de Vivi era que fumaba. Siempre decía que estaba intentando dejarlo y, si bien había disminuido mucho la cantidad, siempre podía verse un atado de cigarrillos dando vuelta por la casa.

     Hoy la cosa es diferente.

     —De nada —dijo y me levanté de la cama—. ¿Te vas a bañar?

     —Me bañé anoche.

     —Roñoso —se rió ella—. Hay café hecho y pan fresco. Más te vale que desayunes antes de ir a la escuela.

     Suspiré, bastante cansado.

     —No voy a ir, Vivi. Ya te dije que no tengo ganas —le respondí.

     —Y a mí me chupa un huevo, Flaco —siguió ella—. Si no tenés ganas de ir a la escuela, entonces podés ir al taller y ayudar al Gordo a reparar autos.

     Me detuve en el umbral de la puerta y di media vuelta. Sabía cuáles eran sus intenciones y me parecía una reacción muy noble de su parte preocuparse por mí de esa manera. Hoy entiendo que no importa lo difícil que sean los obstáculos que nos plantea la vida, el tiempo no se va a detener porque nos estamos sintiendo abatidos o sin fuerzas. Tenemos que seguir avanzando, ya que las excusas solo son más obstáculos en nuestro ya complicado camino.

     —¿No hay una tercera opción?

     —La podés ayudar a Reineldis —dijo Vivi con una sonrisa y dejó de sacudir el plumero—. ¡Así matamos dos pájaros de un tiro! Vos zafás de un día de escuela y yo no tengo que escucharle las quejas a la vieja.

     Era viernes y si bien era cierto que faltar a la escuela siempre me dejaba una sensación de irresponsabilidad que no podía remediar, lo necesitaba. No podía pretender que tenía fuerzas para concentrarme después del escándalo de la noche anterior. También me preocupaba que mis padres no supieran dónde estaba.

     Entonces sentí miedo.

     Agarré mi celular y le mandé un mensaje de texto a mi hermano Jacinto. «Estoy en la casa de una amiga. Estoy bien.»

     Él respondió casi una hora más tarde. Yo había terminado de desayunar, había lavado los platos y estaba por salir al patio rumbo a la casa de Reineldis. «Buenísimo. Lo que sea que necesites, avisame.»

     Me guardé el celular en el bolsillo y atravesé el patiecito hasta la casa de Reineldis Sartén.

Tuesday, 2 June 2015

La vida de Richie Chanel - Capítulo 1

Mi nombre es Ricardo Emanuel Fernández Espinosa... Richie Chanel para los amigos. ¿Por qué el apodo? Muy simple, soy artista y escritor, y como pretendo extender mi fama a niveles internacionales, necesito un nombre que cualquier persona del mundo pueda pronunciar sin fruncir el ceño ni pensar cincuenta veces antes de decirlo. Otros detalles que quizás deban saber de mí, queridos lectores, antes de que les cuente esta historia, es que tengo veintisiete años, soy un poco narcisista, bastante obstinado, cínico, sarcástico y que me fascina la música. ¡Ah! Casi lo olvido, lo último que quizás deban saber es que soy homosexual.

Antes de contarles la siguiente anécdota, quisiera plantear el panorama familiar en el que nací y me crié. Mi padre, arquitecto con alma de sargento, mi madre, ama de casa y alma de víctima sacrificada. Tengo tres hermanos varones. Sí, todos varones. Dos mayores y un menor. Todos fanáticos del fútbol, todos heterosexuales, todos se entienden entre ellos… y yo soy la oveja negra. ¿Me pesa serlo? No, pues soy la oveja más glamorosa del rebaño. O la única oveja blanca en un rebaño de ovejas negras, según mi opinión. Elijan la opción qué más les guste.

Es evidente que una persona como yo no encaja ni es bienvenida en una familia del estilo. Sin embargo, es la vida que me tocó y tengo que aprender a vivirla. Supe que era homosexual desde la primera vez que me probé los zapatos de tacón de mi madre, cuando tenía seis años. Unos zapatos de gamuza violeta con un rosetón de tela al frente. En su momento me parecían hermosos. Es posible que si vuelvo a verlos el día de hoy me resulten vomitivos.

Y aquí comienza mi historia... La vez en que, a mis dieciocho años, le confesé a mi familia que era homosexual, marcó un cambio rotundo en el trayecto de las cosas o, según logré entenderlo años más tarde, puso las cosas en el camino correcto. Admito que me pareció más estúpido que vergonzoso hacerlo, ya que cualquier idiota con tres dedos de frente se daría cuenta de mi verdadera identidad sexual con solo mirarme a los ojos.

Estábamos cenando; todos comían sin mirarse a los ojos y golpeaban los tenedores furiosamente contra los platos de loza, que ya tenían las flores despintadas de lo viejos que eran. Y estaban agrietados... Es decir, una noche como cualquier otra.

—Pasame el pan —gruñó don Fernán, mi papá, mientras deglutía un trozo de carne a medio masticar.

—¡Te robaste mi servilleta! —gritó mi hermano Jacinto, el segundo.

—¿Cómo tu servilleta? —chistó mi papá y se cubrió la boca con la evidencia.

—Tomá, hijo —suspiró María de los Dolores, mi madre, y le extendió una servilleta limpia.

—¡Siempre la misma con ustedes, che! —se rió Bernardo, el primero de mis hermanos, y dio una ruidosa palmada al aire.

A él siempre le fascinó llamar la atención. Haría lo que fuera para que los ojos del mundo se fijaran en él las veinticuatro horas del día, cada día del año. Y aún así, le resultaría poco.

—¡Pero hijo, no le pongas tanto Ketchup al bife! —se quejó mi madre, mientras Pablo, el menor de los cuatro, embadurnaba aquel trozo de carne, como si estuviese decorando una torta.

—A mí me gusta así —se defendió Pablo, aunque con un diminuto tono de voz, y sin siquiera dirigirle la mirada.

—¡Qué asco! —dije yo—. ¿Cómo podés comer bife de esa manera?

Entonces mi madre me atravesó el rostro con una mirada de repudio.

—Si a tu hermano le gusta, entonces no lo molestes. El que se lo va a comer es él, no vos, Ricardo —lo defendió.

Sí, nadie en mi familia me dice Richie. Solían decirme Riquito hasta los tres años, de ahí cambió a Riqui, y con el tiempo quedó Ricardo… para ellos. El último paso de la evolución parece que siempre se les escapa. Y fue así, simplemente, harto de aquella escena patética que me había visto forzado a presenciar noche tras noche desde hacía ya dieciocho no tan inocentes años, que decidí ponerme de pie y decir:

—Tengo un anuncio que hacer.

Mi madre me miró con una sonrisa, mis hermanos desviaron la mirada brevemente, pero siguieron concentrados en sus platos. Mi padre me observó de reojo, y luego dejó caer los cubiertos. Si seguía esperando, jamás encontraría el momento perfecto. No hay momentos perfectos.

—¿Qué pasa hijo?

—Soy gay —dije sin más.

—¿Cómo? —soltó mi padre, desorientado—. No te entiendo. ¿Qué dice, María? No entiendo.

Mi madre estaba pálida del espanto y mis hermanos, aún con la boca repleta, habían dejado de masticar. La noticia tardó diez segundos en entrarles en la cabeza, y cuando lo hizo, la cena de esa noche ya no volvió a ser la misma. Bernardo se levantó con furia y arrojó la panera contra la pared. Yo estaba nervioso, transpiraba y tenía la garganta seca. No por miedo a él, sino porque no sabía que a la noticia la incomodaría a todos... y a pesar de las diferencias, al día de hoy siguen siendo mi familia y siempre lo serán. No me agrada generarles incomodidad. Pero tampoco es mi misión ablandarles la realidad. Todavía tienen todos sus dientes y, aunque muchos estén llenos de porcelana y tratamientos de conducto, pueden masticarla y tragársela entera... Perdón por el doble sentido.

—¡Vos no sos gay, sos un pelotudo de mierda! —me gritó Bernardo, el mayor de mis hermanos—. ¡Yo no tengo hermanos gay! ¡¿Qué carajo estás diciendo?! ¡Sos un enfermo mental!

—Eh… bueno, no. En realidad no soy pelotudo de mierda ni tampoco un enfermo mental… Soy gay —le respondí.

Siempre me fascinó provocarlo. El odio en su rostro fue aún mayor cuando me escuchó decirlo por segunda vez. Entonces, desde el lugar y como un gallito de pelea, no hizo más que gesticular con los brazos, sacudir la silla y decir:

—Yo a este pibe lo voy a matar. ¡Mirá cómo me responde! ¡Te voy a matar, putito!

Putito... ¡qué palabra tan poco feliz y al mismo tiempo tan irrisoria! Jacinto, que estaba sentado a su lado, se encargó de tranquilizarlo. Él y Pablo siempre fueron los más sensatos de toda la familia. No me extraña que la sorpresa no les haya resultado novedosa, o cuando menos tan sorpresiva.

—¡Ay, Dios! —se quejó mi madre—. ¿Estás seguro de lo que estás diciendo, hijo? ¡Vos estás confundido!

—¡Me da el ataque, María! ¡Me da el ataqueeeeee! —suplicó mi padre, mientras agitaba los brazos al costado del cuerpo con el histrionismo aniñado que siempre lo caracterizó.

—Yo no puedo creer que les resulte tan raro —dije, muy asombrado—. ¿En serio no se habían dado cuenta?

—¡Qué mierda decís, hijo de puta! ¡Me mareo, María! ¡Me mareo! —lloriqueó mi padre—. ¡Tengo un hijo puto, María! ¡Tengo un hijo puto! ¡Decime qué hice mal yo! ¿Qué hice mal en la vida? ¿Por qué Dios me castiga de esta manera? ¡Yo lo tengo que matar, María! ¡Lo tengo que matar! —aulló mientras alzaba un cuchillo y mi madre trataba de tranquilizarlo.

—Puto suena un poco fuerte… Prefiero el término gay, papá. Gracias —le sonreí, y pareció que el mareo se le quitó en seguida.

—¡Esas son pelotudeces, Emanuel! —gruñó y dejó el cuchillo; él siempre me llamó por mi segundo nombre—. ¡Con semejante nombre que te elegí, ¿cómo me podés venir a decir que sos puto?! ¡Vos no sos puto!

—Este tema lo vamos a tener que hablar, hijo —sentenció mi madre.

Y fue ahí cuando mi paciencia se desvaneció por completo. Me froté la frente con ambas manos y luego las uní delante del cuerpo. Traté, de ese modo, de conversar la calma.

—No, ¿ves? Es ahí donde entramos en divergencia. Esto no es un tema debatible, posiblemente sea analizable, pero acá ninguno es Jorge Bucay, así que tampoco tendría sentido. Esto no es más que la verdad. Al que le guste, bien. Lo felicito. Al que no, ¡qué pena! Se me caen las lágrimas del dolor… Y como por lo visto a ninguno el asunto le está gustando demasiado, no tengo mucho más que acotar. Así que punto, a otra cosa, y que les vaya bien. Hasta luego —finalicé.

—¿Adónde te creés que vas? —aulló mi padre, iracundo—. ¡Vos no te vas de acá hasta que me expliques de dónde sacaste esas ideas de mierda!

No pude contener la risa. Me di media vuelta y lo enfrenté. Mis ojos se cruzaron brevemente con el florero que centraba la mesa. Lo señalé.

—¿Ves ese florero? —le pregunté.

—¡Por supuesto que lo veo! —chistó mi padre—. Es evidente que es un florero, Emanuel. ¡Dejá de decir pelotudeces que me vas a volver loco, carajo!

—Bueno, tranquilo —le dije, y traté de contener la risa—. Mirá el florero entonces, y date cuenta de que es un florero. No lo pretendas palangana, porque nunca lo va a ser. Repito, al que le guste bien, y al que no, que le vaya a llorar a la vecina de en frente. ¡Yo no soy ningún santo ni pretendo serlo! Acá Madre Teresa hubo una sola, y como yo no tengo intenciones de convertirme en Padre Tereso, ya no tengo motivos para seguir adelante con esta conversación. ¡Hasta luego, y que les garúe finito cualquier cosa, eh!

—Pero, hijo —intentó detenerme mi madre.

Fue demasiado tarde. Salí de la cocina, me dirigí a mi habitación, donde tomé las llaves, la billetera y el celular y un abrigo. Mi idea no era irme de la casa para siempre, solo darles un tiempo para que asimilen la idea de que Richie Chanel es, fue y será su hijo homosexual.

Cuando me retiraba de la sala, pude escuchar de fondo la voz de Pablo que decía:

—Ma, ¿hay más papas fritas?
—Sí, hijito. Ya te las alcanzo —le respondió ella.

Sunday, 31 May 2015

El destino espiritual vs. el camino espiritual

  El destino espiritual ya está pactado; desde el momento en el que nuestra alma se reúne con un cuerpo en una nueva experiencia física, lleva consigo ese destino, esa misión. Esta misión pactada está predestinada a cumplirse, independientemente del camino espiritual que elijamos. Hay caminos que son más tormentosos que otros; los hay más fáciles, los hay más alegres o más tristes. Lo que es importante a tener en cuenta es que cada uno de nosotros va a llegar a cumplir su misión sin importar los amigos o enemigos de compañía; sin importar quién estuvo allí para darte una mano o quién no; sin importar el cómo, el dónde ni el cuándo.
  Ahora, si bien el camino no es determinante para el destino, sí lo es para el aprendizaje. Nuestra alma puede transitar esta experiencia física sin alcanzar ninguna clase de evolución espiritual, es decir, sin haber aprendido nada, o tal vez habiendo aprendido lo mínimo indispensable. Esto no significa que no vayamos a alcanzar nuestro destino espiritual. Lo haremos de todas formas, pero tal vez no obtendremos todo el conocimiento ni agotaremos nuestra potencialidad al máximo, para llegar a la plenitud de nuestra identidad espiritual. Por eso es importante siempre dejarse guiar por el instinto y rendirse sin miedo ante la gracia de Dios. Rendirse sin miedo significa alzar los brazos al aire, mantener la frente en alto y, con el pecho repleto de valor y fe, dejarnos guiar por el camino que va a resultar más enriquecedor para esta experiencia física. Eso no significa que será el más sencillo, pero tampoco el más difícil. Será, simplemente, el camino correcto para obtener el mayor fruto de nuestro paso por esta vida. Eso nos ayudará a apreciar nuestro destino mucho más y a darle el valor que se merece.